CONTRA LA VIOLENCIA MACHISTA, ORGANICEMOS LAS CAPACIDADES SOCIALISTAS

A raíz del día en contra de la violencia machista, desde ITAIA hemos querido hacer público nuestro análisis político sobre la violencia machista. Para ello, nos ha sido imprescindible considerar la situación tanto política como económica que ha condicionado por completo el contexto de la pandemia. Por lo tanto, vemos necesario no solo realizar un análisis de la función que cumple la violencia en el sistema capitalista, sino también identificar qué formas adopta dicha violencia hoy por hoy.

Son verdaderamente atroces los cambios culturales y económicos acarreados por el coronavirus. Las pérdidas que ha causado en la sociedad, lejos de ser coyunturales, son profundas y rigurosas. El reajuste económico, la violación de derechos, el control policial o el incremento de la violencia que sufrimos a causa del Covid-19 resultarán irreversibles. El capital se está sirviendo de la misma pandemia para realizar un reajuste de la sociedad en general y concretamente de las relaciones laborales para asegurarse de que el poder burgués perdure. Como consecuencia de esta crisis económica acelerada por la pandemia, la mujer trabajadora sufre una acentuada agravación de sus condiciones laborales y vitales: despidos, una doble carga respecto a los trabajos domésticos como resultado del confinamiento y los límites ecónomicos de los servicios públicos, o el aumento de las medidas políticas que facilitan y ocultan casos de violencia machista son algunos de los ejemplos.

Asimismo, aunque los datos oficiales pretendan mostrarnos una realidad distinta1, en este contexto será evidente el incremento de las agresiones machistas, por un lado porque la proletarización de amplias capas del proletariado –inestabilidad económica y social– hará aumentar los casos de violencia, y por otra parte, porque las medidas políticas como el toque de queda y el aislamiento social facilitan y consolidan contextos para ejecutar esta violencia. Por lo tanto, el hombre trabajador sigue y seguirá practicando su dominación sobre la mujer mediante la violencia, lo que resultará en una mayor marginación y opresión de la mujer. En efecto, en este momento en el que la sociedad está siendo objeto de una reestructuración económica y cultural, la violencia machista también resultará más normalizada, por lo que para enfrentarnos a ella, nos será necesario identificar las nuevas formas que ha adoptado y realizar una interpretación adecuada al respecto.

1. LA VIOLENCIA OCULTA DEL SISTEMA CAPITALISTA

El capital emplea diversas formas para controlar a la clase trabajadora, lo cual nos hace que la clase trabajadora sea cada vez más sumisa y sufra una mayor dominación. Esta violencia puede ser obvia, como es el caso de la tortura, los golpes, las detenciones o sanciones, que sirven para difundir miedo en la sociedad y garantizar la desarticulación política. Sin embargo, la violencia es un elemento intrínseco del sistema capitalista; el problema es que su alta normalización la convierte invisible. Dado que la organización de la sociedad y la existencia son determinadas por el poder burgués, la persona trabajadora no dispone del control sobre su vida, lo cual, a nuestro parecer, forma parte de la violencia. La obligación de trabajar ocho horas diarias para una persona ajena, la mercantilización –deshumanización– de personas, la falta de la capacidad de decisión sobre nuestro ser, el temor diario de perder nuestra casa o puesto de trabajo, etc. son una forma de violencia, el pan de cada día de la clase trabajadora. Por consiguiente, en esta sociedad dividida en dos clases con intereses contrapuestas, la violencia es una forma esencial para ejercer el control sobre la clase desposeída.

La crisis que va fortaleciendo a causa de la pandemia trae consigo inestabilidad económica y política. Muestra de ello es la pérdida de las condiciones vitales y derechos de los trabajadores, visibles en desahucios, despidos masivos, la privación del derecho a recibir atención sanitaria y en las severas restricciones para recibir una educación de calidad, entre otras cosas. En estos tiempos de cambio, la violencia se agrava y el estado responde endureciendo sus fuerzas represivas y judiciales para mantener su supuesta estabilidad, para detener a la clase trabajadora.

Aunque esta violencia repercute en todas las personas de la clase trabajadora privándonos del control sobre nuestras vidas, cada sujeto oprimido lo vive de una forma distinta¹: un joven, una mujer o una persona extranjera no viva esta violencia de la misma manera, en este caso nuestra labor consiste en definir la forma en la que vive esta violencia la mujer trabajadora. Dentro de la violencia estructural, la violencia contra la mujer trabajadora se materializa en una forma concreta: en la violencia machista. La violencia machista es un medio imprescindible para el capital porque es un mecanismo para mantener a la mujer como sujeto económico devaluado y convertir esta idea en norma cultural en la sociedad. Así, consigue mantener la figura oprimida de la mujer y crea una imagen femenina que más le interese en cada momento.

2. LA OPRESIÓN DE LA MUJER TRABAJADORA Y LA VIOLENCIA MACHISTA

Como hemos mencionado anteriormente, el capital adapta la opresión de las mujeres trabajadoras a las necesidades económicas capitalistas de cada momento y consigue así mayores ganancias económicas y la consolidación de la mujer trabajadora como sujeto devaluado. En el sistema capitalista, la opresión de la mujer trabajadora está subordinada a la dominación burguesa, o sea, a una acumulación ilimitada de riquezas que se funda en la explotación de los trabajadores. Al contrario, no debemos olvidar que la división social de trabajo se construye sobre unas condiciones previamente impuestas y que el capital hace suyas otras formas de dominación para que este objetivo se realice en el mayor grado posible. La existencia de sujetos subordinados que socialmente tan normalizada está en el sistema capitalista responde a esta realidad. En este caso, trataremos de centrarnos en la opresión de la mujer trabajadora.

Por una parte, la familia, que aparece en la base de la dominación de la mujer trabajadora, y la función que esta ha desempeñado y actualmente desempeña en esta ella han hecho que la mujer se insertara tendencialmente en la producción social. En otras palabras: a pesar de que en los inicios del capitalismo la mujer fuera “apartada”² de la producción social, se ha podido ver que su desarrollo ha insertado a la mujer al mundo laboral, pero sin haber superado las funciones que ella cumplía en la familia. Esta es una contradicción evidente del capital: se integra la mujer en el mercado laboral, pero la carga de las tareas de casa sigue recayendo sobre ella. Esto significa que la mujer es insertada a unas relaciones laborales precarias, puestos de trabajo parcial, contratos temporales o el desempleo, y a una dependencia económica hacia las instituciones burguesas. Por si esto fuera poco, sigue teniendo el deber de cumplir con las funciones domésticas, lo cual la condena al aislamiento social y político.

Como consecuencia, la violencia machista es una violencia sistemática para mantener el poder del enemigo, que asegura que la fuerza de trabajo de la mujer trabajadora siga estando devaluada y que esta sea un sujeto oprimido culturalmente y subordinado políticamente. Por lo tanto, se puede interpretar como un mecanismo ideológico para posibilitar una acumulación de capital en su nivel máximo. En nuestra vida cotidiana, esta violencia machista aparece en formas diversas: en la falta de reconocimiento político, en la dominación jurídica-cultural, en el aislamiento causado por la violencia masculina, en control, malos tratos, agresiones sexuales, violencia física y psicológica…

Para que la naturaleza de sujeto oprimido de la mujer siga reproduciéndose de forma ilimitada, el capital pone en marcha una serie de medios políticos. Mediante distintos mecanismos del estado, consigue convertir la ideología machista en norma cultural. Ejemplos de dichos mecanismos son:

– El sistema judicial, el cual consigue que las agresiones a las mujeres se lleven a cabo con total impunidad. No hay ningún precedente institucional- político que haya supuesto la paralización de las agresiones machistas. Un claro ejemplo de ello es que “la embriaguez ha sido considerada por la Audiencia de Navarra como un circunstancia eximente en un caso de violación”. Por lo tanto, cualquier pretexto es legítimo a la hora de ejecutar una agresión, de oprimir a una mujer una y otra vez. La severidad o flexibilidad de las decisiones de los sistemas judiciales ante la violencia machista dependerá del contexto social político del momento. Serán decisiones tomadas en función del lugar y del momento, nunca en beneficio de la mujer que ha sido agredida.

– Los medios de comunicación ponen en marcha una serie de recursos técnicos-políticos para desarrollar la ideología machista. Por un lado, refuerzan el imaginario femenino, ya que materializa cómo debe ser su forma de vestir, el estilo de su cuerpo, sus hábitos de vida u otros fenómenos que le incumben. Al capital le corresponde desarrollar la imagen de mujer que le interesa en cada momento. Los medios crean una imagen u otra de la feminidad según las necesidades del capital: en épocas anteriores esta se correspondía con la imagen de “madre perfecta” y en la actualidad se socializan imágenes de mujeres independientes y modernas. Además, manipulan las noticias: los medios hacen públicas las noticias que le convengan al estado en cada momento, y para ello, transmiten la visión que se desea difundir de un juicio de violencia machista, silencian las voces de las limpiadoras que están en lucha y ocultan continuamente la realidad de la mujer trabajadora en tiempos de pandemia, etc.

– El sistema educativo, y por lo tanto, los centros escolares, están orientados a reproducir los trabajadores del futuro. Siendo esto así, definen qué carácter y características deben tener los trabajadores que serán necesarios en el futuro, es decir, preparan a los y las estudiantes para un escenario futuro; ejemplo de ello son las actitudes autoritarias del profesorado, las formas de estar en clase, los contenidos transmitidos en clase o las relaciones que se promueven entre el alumnado. En épocas anteriores, esto se reflejaba en que las chicas y los chicos no recibían la misma educación, empezando por el contenido. Hoy en día, aunque no haya diferencias visibles entre las decisiones tomadas ante las alumnas y los alumnos, es evidente que en la educación yacen los primeros pasos para la división social. Por ejemplo, podríamos hablar de los programas de coeducación, los cuales, lejos de proporcionar medios materiales para enfrentarnos a la violencia machista, cumplen con la función de intentar solucionar problemas superficiales.

-El mercado sexual, que tiene una responsabilidad directa en cuanto que normaliza la violencia machista y cuyos principales responsables son el capital y sus aparatos de Estado. El hecho de que una de las violencias más hostiles que sufre el ser humano sea la sexual y que esta tenga un marcado componente de género tiene que ver con los inicios de esta sociedad. El capitalismo fue construido sobre formas sociales previas; transformó radicalmente las relaciones sociales anteriores, pero, al mismo tiempo, fortaleció algunas de ellas. Uno de los ejemplos de esto sería la sexualización de la mujer, una de las instituciones más importantes del capital para obtener mayores ganancias y socializar la propia ideología machista. La mercantilización de los cuerpos y más concretamente la mercantilización del sexo de nosotras, las mujeres, acarrea consecuencias brutales a la violencia contra las mujeres. La mercantilización del sexo convierte a las personas y los cuerpos en objetos, objetos vulnerables incapaces de hacer nada. En el orden capitalista, todo es susceptible de comprar y vender: la persona es equivalente a un objeto. En esta sociedad, al igual que puedes comprar ropa, también puedes consumir el cuerpo de alguien más débil que tú. Se puede decir que el capital oculta todo tipo de agresiones y violencias bajo el dinero y esto legitima y normaliza toda violencia de nuestra vida cotidiana. Por tanto, el capital y el estado, a través de instituciones como la prostitución, legitiman toda agresión machista: convierten el consumo del cuerpo de la mujer en norma cultural machista.
Son estos y más son los aparatos que el capital tiene bajo su control para difundir la ideología machista y estabilizar la figura oprimida de la mujer.

A través de estos y otros medios burgueses, logra legitimar todos los casos de violencia cotidiana que sufrimos las mujeres trabajadoras, y así, el capital consigue la aceptación de actuar a su antojo con la fuerza de trabajo y la vida de las mujeres trabajadoras. Como resultado, se reproducen repetidamente un tipo de relación fundado en la violencia.

Sin embargo, la violencia machista es el pan de cada día para las mujeres. La mujer trabajadora también es golpeada en su casa, está condenada a sentirse insegura por la calle, suele ser silenciada y marginada en grupos… podemos encontrar otros tantos ejemplos de este tipo para expresar los casos de violencia machista que las mujeres tenemos que sufrir en nuestro día a día. La violencia machista es ejercida en muchos casos por hombres trabajadores; maridos autoritarios, encargados o jefes de trabajo, violadores, etc. Podemos decir, por tanto, que las figuras disciplinarias (miembros de la clase trabajadora que ejercen violencia machista contra la mujer trabajadora) desempeñan una función directa en la opresión y subordinación de las mujeres trabajadoras reforzando el poder del enemigo y colaborando con el enemigo. Lo que queremos expresar con esto es que la violencia machista, lejos de ser arbitraria, es una forma de violencia subordinada a intereses económicos políticos. La dominación capitalista crea permanentemente enemistad, y en consecuencia, formas de violencia, en lugar de solidaridad. En el caso que nos ocupa, el machismo como ideología general ha convertido en norma cultural la superioridad del hombre sobre la mujer y esto propicia una relación de dominación hacia la mujer por parte del hombre.

Nosotras tenemos claro, por lo tanto, que la violencia machista le produce beneficios económicos y políticos a la clase dominante. Por un lado, como consecuencia de la violencia machista, porque, como ya se ha mencionado, la burguesía incrementa su capacidad económica a costa de la mujer trabajadora. Y por otro lado, porque anula toda posibilidad de organización de la clase trabajadora. A causa de las agresiones que sufrimos las mujeres trabajadoras en la vida cotidiana, estamos condenadas a estar incapacitadas como sujeto político, ya que se nos priva de capacidad política y social para unirnos a la organización política. Esto no solo nos afecta a nivel individual, sino que obstaculiza toda la organización proletaria, pues hace que las aptitudes de la clase trabajadora se reduzcan a la mitad. Es fundamental que la mujer se convierta en militante activo, y para ello, nuestra labor es activar protocolos eficaces ante contextos de agresiones machistas y combatir las figuras disciplinarias que las materializan.

Siendo esto así, la exigencia al Estado y a sus aparatos institucionales de mecanismos políticos para frenar la violencia machista de manera general y abstracta se encuentra con límites estructurales, precisamente porque son ellos los responsables políticos de perpetuar la violencia machista. Los estados pueden ocultar la violencia, pero dentro de las relaciones capitalistas, es imposible que lleguen a destruirla. Puesto que la cuestión no se limita al interés o a la voluntad política de quien esté en el gobierno, debemos centrarnos en la lógica económica que domina el Estado. La dirección política del Estado está diseñada en función de los intereses económicos capitalistas (con el fin de reforzar el poder burgués), mientras que el gobierno estatal se limita a la gestión nacional de estas medidas. El Estado nunca adoptará ninguna medida que eche por tierra el orden capitalista, y no pondrá, por tanto, medios políticos para acabar con la violencia contra las mujeres trabajadoras.

3. LA NECESIDAD DE LA ORGANIZACIÓN:

Entonces, ¿cuál es la tarea principal de la organización socialista para enfrentarnos a la violencia machista?

Definir la dirección estratégica, identificar el problema y realizar su debida análisis:

Identificar y hacer entender la función que desempeña la violencia machista en el sistema capitalista, de la manera más concreta y rigurosa posible, para así poder determinar la dirección estratégica más eficaz contra la violencia machista. Los procesos de lucha deben tener como punto de partida un análisis detallado de las funciones y las características de los casos de violencia, ya que no se pueden entender dichos casos como elementos aislados y estancos. Aparte de esto, los procesos de lucha deben estar dirigidos hacia una orientación concreta, a saber, hacia la abolición de la violencia estructural contra los trabajadores.

Incidir en la falta de oportunidades dentro del modelo de relación capitalista para acabar con la violencia machista:

Si bien nuestro horizonte estratégico apunta hacia la abolición de la violencia estructural contra la clase trabajadora, definimos como una labor urgente la de emprender procesos de lucha para combatir la violencia machista. Para no perder de vista la orientación estratégica de los procesos de lucha, nos parece importante recalcar la función política con la que cumple el estado para perpetuar la violencia machista. En efecto, somos conscientes de que las instituciones carecen de neutralidad y están subordinadas a las necesidades tanto económicas como políticas del capital. Por lo tanto, las medidas políticas y la gestión miserable aplicadas por el Estado son fruto de su incapacidad estructural, más que de su falta de voluntad política.

Esto no quiere decir que no debamos denunciar la irresponsabilidad del Estado en cuanto a la consolidación de la violencia machista, al contrario, debemos reprocharle toda responsabilidad que tiene al respecto. Siendo esto así, a la hora de hacer reivindicaciones concretas exigidas al estado ante una cuestión concreta, estas reivindicaciones deberán ir acompañadas de unas declaraciones que expresen las restricciones estructurales que nos encontramos las mujeres trabajadoras para disfrutar de unas condiciones vitales de calidad dentro de las relaciones capitalistas. Para que todos disfrutemos de las mismas condiciones de vida y por tanto, terminemos con la violencia machista, será imprescindible construir instituciones proletarias: es el camino en el que debemos orientar los procesos tácticos de lucha contra la violencia machista.

Crear mecanismos propios de respuesta a la violencia machista según nuestras capacidades políticas: organizar las capacidades socialistas:

Debemos definir las diferentes formas que adopta la violencia machista en el día de hoy y ejecutar nuestras capacidades políticas para combatirlas. Nuestra labor debe ser la de transformar las condiciones de vida y las condiciones estratégicas de la mujer a través de procesos de lucha concretos. Por ejemplo, ante la dependencia económica que podemos tener las mujeres, hemos de formar medios políticos para satisfacer las necesidades materiales y físicas para desarrollar las garantías necesarias que permitan a la mujer trabajadora huir de este estado de dependencia. Dicho de otra manera, tenemos que crear las condiciones necesarias para que las mujeres se unan a la lucha de clases.

Del mismo modo, hemos de convertir a la mujer trabajadora en sujeto político, y para ello, proporcionarle primero ciertas competencias teóricas y políticas, para que luego también adquiera competencias de análisis sobre la realidad. Y en segundo lugar, en relación con el punto anterior, debemos situar en primera línea la lucha contra los mecanismos y las figuras que construyen y mantienen a la mujer como sujeto sin reconocimiento ni capacidad política.

Por lo tanto, tenemos que tener claro que la dirección estratégica para acabar con la violencia machista debe basarse en alimentación del proceso socialista, puesto que es la única garantía para que las mujeres trabajadoras podamos acceder a unas condiciones de vida de calidad y por lo tanto, la única garantía para acabar con la violencia machista. La exigencia de que todas y todos tengamos las mismas condiciones de vida implica que las mujeres trabajadoras no tengamos relaciones laborales precarias, que no tengamos miedo a caminar por la calle, que no tengamos miedo a que nos pegue el marido al entrar en casa, que no tengamos que asumir todas las tareas del hogar, etc. Sin embargo, para conseguirlo, tenemos que construir nuestro propio poder, hacer frente a cada caso de violencia machista a través del control de la clase trabajadora.

¿Cómo emprenderemos todo esto empezando desde ahora?

Itaia apuesta por organizar las capacidades socialistas para unir a la mujer a la lucha de clases. Para ello, por un lado, debemos desarrollar los medios políticos para combatir cada uno de los casos de violencia que sufrimos las mujeres en el día a día –en el lugar de trabajo, en casa, en la calle, en las instituciones burguesas…–, desarrollar medios políticos para combatirla (desarrollando mecanismos de prevención y realizando respuestas eficaces ante las agresiones) y definir y erradicar la función que desempeña la norma cultural machista (señalando la intolerancia de la violencia machista y aboliendo la norma cultural). Dicho de otro modo, tenemos que propiciar las condiciones políticas necesarias para que la mujer sea activo militante. Esto implica llevar a cabo con dos funciones principales; por un lado, la función de desarrollar las capacidades políticas de la mujer para facilitar sus oportunidades para ejercer una militancia política y evitar su aislamiento social y político; y por otro, la función de trabajar continuamente en el seno del proletariado la función de las figuras colaboradoras y ejecutar los medios políticos necesarios para acabar con ellas, señalando la intolerancia dentro de la organización comunista y subrayando el continuo retroceso que supone esta violencia en el proceso revolucionario.


¹Los datos aportados del confinamiento indican que el número de denuncias por agresiones machistas ha sido menor que en años anteriores. Sin embargo, entendemos que en este análisis hay varias cuestiones a tener en cuenta: por un lado, la limitada o nula posibilidad de denuncia de estas mujeres en el confinamiento. Por otro lado, hay que recalcar que aunque se haya producido un descenso en las denuncias habituales, el uso de otros servicios, como el de la atención telefónica, han aumentado. Por último, somos conscientes del salto que siempre habrá entre los datos reales y los oficiales.

²Nos parece importante señalar que, aunque en general los albores del capital pusieron las bases para la asalarización masiva de los hombres, había diferencias muy relevantes entre las familias adineradas y las familias proletarias. Huelga decir que las mujeres proletarias siempre han trabajado, no quizá en la misma posición que los hombres o con igual reconocimiento. Esto no quiere decir que estas mujeres acabaran con sus funciones de casa, al contrario, supuso una doble carga de trabajo.