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REFLEXIÓN TEÓRICO-POLÍTICA DE LA PROBLEMÁTICA DE GÉNERO

Hoy venimos con la intención de exponer las hipótesis provisionales obtenidas de la investigación realizada por las compañeras de ITAIA. Aunque sea una exposición teórica, tiene un objetivo totalmente político: identificar claramente las implicaciones que tiene la problemática de género en la lucha de clases, esto es, situarla dentro de la totalidad. Así, mediante la profundización en el marco teórico, intentaremos completar los vacíos que varias veces hemos identificado. Aparte de eso, para las que creéis en la necesidad de un entender proletario de la realidad capitalista, utilizaremos las siguientes líneas para ofreceros herramientas analíticas y conceptuales que alimenten el debate político existente. En cualquier caso, nos gustaría subrayar que el contenido de este artículo, lejos de darlo por concluido, lo entendemos como un conjunto de hipótesis que iremos profundizando, debatiendo y reformulando en el ciclo político de los próximos años. Comencemos, pues, a establecer las bases que guiarán un análisis socialista de la problemática de genero.

Para poder diferenciar las categorías de la problemática de género y la opresión de género, queremos recalcar la importancia que tiene la organización del pensamiento de la clase trabajadora. Vemos fundamental destacar la necesidad de concebir el desarrollo de nuestro pensamiento, y en consecuencia, el desarrollo de la teoría y la práctica, siempre en oposición al poder burgués. Es decir, debemos definir la posición del proletariado en oposición y de forma antagónica al poder burgués, y la cuestión de la mujer aparece vinculada a esto al comprenderlo dentro de la totalidad.

Ante esto y como varias veces hemos mencionado, queremos expresar la total utilidad y vigencia del método marxista. Por otro lado, vemos necesario hacer una concreción de algunos términos, en especial, expresar la distinción entre problemática de género y opresión de género. Cuando hablamos de problemática de género, hablamos de la estructura real de la cuestión femenina, entendiéndola como función del poder burgués. La opresión de género en cambio, hace referencia a las formas de dominación sobre la mujer proletaria, las cuales aparecen diariamente como un mal. La burguesía lleva a cabo esto de manera directa cuando nos echan del trabajo por quedarnos embarazadas o cuando cobramos menos por ser mujeres. Aun y todo, en muchos casos, lo materializa de manera indirecta, a través de diversas figuras de mediación. La mayoría de las veces estas figuras las cumple el proletariado masculino: el marido maltratador, el chico baboso que no nos deja en paz de fiesta… La burguesía debe mantener las opresiones que le son necesarias para ejecutar su poder, y para ello, crea estas figuras de mediación, delegándoles un poder concreto y al mismo tiempo dividiendo la clase obrera. No obstante, en el momento que estas figuras dejen de aportar al proceso de acumulación de capital, pueden ir desapareciendo. Es importante diferenciar estos términos para superar las formas de apariencia de la opresión de género y entender cuál es la función que cumple en la realización del poder burgués, más concretamente, para poder entender a qué intereses responde la problemática de género en la formación social capitalista.

Desde el momento en que la problemática de género aparece como función de la burguesía, es necesario entender la relación que tiene la opresión de genero con la totalidad. Es decir, lejos de ser una cuestión aislada, debemos de comprenderla como aparato funcional de una formación social entera. La modalidad de poder en el sistema capitalista es el poder burgués, precisamente, el poder de mando y decisión sobre el trabajo ajeno, el cual se ejecuta mediante el dinero. La substancia del dinero es el valor de cambio, la expresión de la capacidad de cambio. Por ello, en el capitalismo el valor de cambio se convierte en poder esencial, ya que es el poder de mando sobre los procesos sociales. En la sociedad capitalista donde la mercancía es la base, la fuerza de trabajo toma una forma especial, diferenciándola de las demás mercancías, pues su valor de uso es mayor que su valor de cambio. De este modo, mediante el dinero, la burguesía ejecuta el poder de mando sobre la fuerza de trabajo, siendo esto necesario para desarrollar la dinámica de acumulación. En consecuencia, la clase trabajadora tiene vital dependencia con su enemigo, puesto que no tiene ni poder material ni libertad política para poder sobrevivir sin a la vez reforzar el poder del enemigo. En definitiva, la clase trabajadora está obligada a poner a merced de otro su capacidad de trabajo, la cual constituye la propiedad de la burguesía, y en ese sentido, en el sistema capitalista el fundamento del poder burgués se basa en la producción de plusvalía.

Por lo tanto, en la formación social capitalista la base de la dominación burguesa sobre la clase trabajadora es económica y sus leyes forman la producción capitalista. Así, podemos deducir que de la dominación capitalista derivan diferentes formas de opresión: opresión imperialista, racismo, opresión de genero… creando subjetividades oprimidas dentro de la clase trabajadora: mujer, negro, homosexual… En conclusión, todas estas opresiones crean la estructura de dominación de la burguesía, determinando completamente todos los espacios de la vida. Por esa razón, si desde un punto de vista político el objetivo es superar la totalidad, es necesario analizar todas las partes de esa totalidad, precisamente, debemos entender la relación entre la parcialidad y la totalidad, dejando de lado la suma vana de las partes y entendiendo todas las partes desde esa totalidad.

En ese sentido, la problemática de género tiene su fundamento en la base objetiva del sistema capitalista, es decir, en la división sexual del trabajo, que está articulada en la división social del trabajo. Esto es, lo determina la posición que la mujer cumple en el proceso de producción. Aun y todo, no podemos entender la división sexual del trabajo en la mera división superficial entre trabajo productivo y reproductivo. Contrariamente, debemos entenderlo como mecanismo que se reproduce en todos los aspectos de la vida, proporcionando actitudes sociales concretas a cada género y reglando su aprobación o desprecio.

En cuanto a la división sexual del trabajo, se desarrolla de diferentes maneras. Por un lado, se entiende como división sexual del trabajo la división de trabajo que tiene perspectiva de género. De esta manera, a la mujer se le han asignado algunas funciones del ámbito reproductivo. Entre ellas hay que subrayar la responsabilidad de la reproducción biológica, entendida como proceso sociocultural. Es decir, en el capitalismo la cuestión de la reproducción biológica se convierte en la responsabilidad de renovar, generación tras generación, la fuerza de trabajo necesaria para la acumulación de poder. Por consiguiente, es un proceso controlado directamente por la burguesía, pautando el flujo de fuerza de trabajo según las necesidades de acumulación, así, legaliza e ilegaliza las leyes del aborto, crea figuras de maternidad concretas mediante la industria cultural… La cuestión de la natalidad es clave en la formación social capitalista, pues la problemática de la demografía se convierte a su vez en problema de mantenimiento de la seguridad y el orden establecido.

El ejemplo claro de ello se dio en la transición del feudalismo al capitalismo. Junto con la expropiación de las propiedades comunales, la asalarización masiva y la compra-venta de los esclavos, a la mujer se le robó el control sobre su reproducción. Es por eso que podemos hablar de la regulación y reglamentación de la sexualidad y la reproducción de la mujer desde los principios del capitalismo. Encontramos diferentes ejemplos en la historia, entre ellos, la persecución que la Iglesia Católica llevó a cabo en el siglo XVI contra las mujeres que parían clandestinamente, la criminalización de la sexualidad no reproductiva, registros de las mujeres que estaban embarazadas… Pero en el capitalismo encontramos, aparte de la reproducción biológica y social, otro factor que influye en la construcción de la mujer: el papel de maquina sexual, la responsabilidad de dar placer al hombre. Además, es un fenómeno que se está re-formulando en las ultimas décadas, con el inicio de las ideas del placer y la hiper-sexualización y junto con la industria del sexo (porno, prostitución…), que se ha articulado sobre ella.

Por otro lado, encontramos la división sexual del trabajo según la historicidad capitalista, la cual va cambiando según las necesidades de valorización de capital. Esto quiere decir que cada ciclo de acumulación de capital moldea las actividades que cada género debe cumplir, llevando a cabo políticas y reformas legales que responden a las necesidades de cada ciclo de acumulación. Vemos un ejemplo claro en las políticas de migración que últimamente se están desarrollando en los países de occidente, dirigiendo la fuerza de trabajo no cualificada (casi siempre femenina) de otros países a la responsabilidad de la reproducción de los niños, ancianos y enfermos.

Aun y todo, esto no quiere decir que las relaciones capitalistas tiendan a superar la división sexual del trabajo, al contrario, lo mantienen con fuerza. Siguiendo el ejemplo anterior, podemos ver que el hecho de que en los países de occidente la mujer trabajadora se haya integrado en el mercado laboral esconde dos fenómenos: por un lado, que es la mujer trabajadora la que sigue haciendo los trabajos de reproducción, aunque ahora son las mujeres migrantes las que cumplen esos puestos y por otro, que en el mercado laboral la mujer trabajadora suele ser contratada en trabajos concretos, que usualmente son trabajos feminizados: educación, enfermería, servicios sociales… Esto deja claro que la emancipación de la mujer trabajadora en el capitalismo es imposible, y que ante los cambios de apariencia, la burguesía sigue reproduciendo la división sexual del trabajo que es la base de la problemática de genero.

La cuestión no termina aquí. De la división sexual del trabajo devienen expresiones culturales que se expanden a toda la sociedad. El capital consigue de esa manera educar a la mujer trabajadora como sujeto devaluado de la clase trabajadora. Entre ellas, una de las más visibles es la devaluación de la fuerza de trabajo de la mujer trabajadora. Esto se da de dos maneras: por un lado, tenemos el ejemplo de que por ser mujer y haciendo el mismo trabajo cobramos menos, y por otro lado, muchos trabajos son devaluados por que los realizamos las mujeres. Así se da la feminización del trabajo y al mismo tiempo, se crea una subjetividad económica femenina. Esta subjetividad permite que el pacto de la violencia (el contrato firmado a cambio de un salario) sea aún más barato, es decir, que el capital saca una tasa de plusvalía más alta si contrata una mujer trabajadora: como la subjetividad femenina es más barata, la ganancia que la burguesía saca es mayor (plusvalía absoluta). Ante este fenómeno, es necesario analizar los intereses que tienen muchas veces las políticas activas que en apariencia llevan el sello de feministas, que en definitiva lo que esconden por detrás es el aumento de las ganancias. Se puede mencionar que en la aparente intención de insertar a las mujeres en el mundo laboral, se cambia el proletariado masculino por el femenino, aumentando las ganancias de las multinacionales.

Aparte de eso, hoy todavía es necesario mencionar que en muchos países las mujeres tienen muchas menos opciones de estudiar. Al mismo tiempo, los trabajos de cuidados dentro del hogar pueden limitar mucho la actividad profesional de las mujeres.

Del mismo modo, se despolitiza el proletariado femenino. Esta es una cuestión estratégica para la burguesía, en tanto que deja sin capacidades políticas a un amplio sector de la clase trabajadora. Por un lado, la mujer es un sujeto sin reconocimiento político puesto que es reconocida en todos los niveles de la realidad social como sujeto de segundo grado. Con eso la burguesía consigue ralentizar el proceso revolucionario. Además, la burguesía educa a la clase trabajadora de forma que, social y culturalmente, la mujer sea vista como sujeto carente de reconocimiento político, usando para ello prejuicios machistas.

Por otro lado, es un sujeto sin capacidades políticas, ya que la mujer trabajadora es educada para que no participe en actividades de este ámbito, reproduciendo así su subordinación política. Eso tiene consecuencias directas en la subjetividad de las mujeres y muchas veces somos nosotras las que no creemos que tengamos capacidades para expresar una posición política clara ante ciertos temas, para hablar en publico, para llevar a cabo ciertas actividades militantes… Aun y todo, y aunque es importante subrayar el avance cuantitativo que se ha dado por parte de las mujeres en la militancia, eso no quiere decir que la verdadera causa del problema se haya superado. De echo, la educación política de las mujeres trabajadoras todavía nos lleva a especializarnos en temas concretos, sobre todo en temas vinculados al género y a la forma de relacionarnos, manteniendo así a la mujer como sujeto parcial.

Por ultimo, se usa la cuestión femenina como elemento de división. En esta sociedad donde jugamos todos contra todos, la subjetividad burguesa nos lleva a priorizar nuestros deseos individuales, haciéndonos creer mediante diversas formas de violencia que tenemos la legitimidad de imponer esos deseos. En definitiva, la vida violenta que sufrimos se refleja en nuestra subjetividad, llegando a actuar de forma agresiva. Además, puesto que percibimos a los demás como objetos o mercancías, no somos conscientes del daño que podemos causarles. Así pues, la clase trabajadora es educada para reproducir la violencia en el seno de la clase: menosprecios, palizas, violaciones… siendo estos los ejemplos más visibles. Así, mediante la educación para la violencia, la burguesía consigue crear y reproducir las enemistades entre nosotras. Por lo tanto, es claro el papel que juegan las agresiones dentro de la clase trabajadora: por un lado, garantizar la autoridad del enemigo y por otro, eternizar la realidad capitalista.

El feminismo de la clase media, creado para superar lo mencionado, también divide a la clase trabajadora de forma política. Es decir, la clase trabajadora es dividida conforme al ámbito político, dirigiendo a la mujer a la militancia feminista y restringiendo a esta cuestión su ámbito de influencia y actividad política. Así se sigue reproduciendo la parcialización de la mujer, dejándola sin competencias teóricas y políticas para otras cuestiones. Ante eso, el comunismo busca que la mujer sea un sujeto integral, es decir, busca un sujeto que luche contra la totalidad, encaminado a conseguir el objetivo de crear un sujeto universal (sujeto que en términos políticos no tenga género).

Para ello, es necesario que entendamos la cuestión de género desde la teoría integrada del poder burgués. Es decir, entender que la base es la forma económica y que a esta se le anexionan las formas de opresión derivadas tanto de esa base, como de otras formaciones sociales, habiendo sido estas últimas re-formuladas según sus intereses. Por ello desde el momento que comprendemos que la problemática de género es una de las bases del poder burgués, asimilamos también que es una cuestión estratégica y que, por ende, no es una cuestión únicamente femenina. Es necesario que todas las militantes tomemos conciencia de esta cuestión: entendiendo esta realidad que nos tiene amarradas y llevando a cabo una práctica que nos permita superar la situación. A fin de ello, es importante abandonar la división sexual del trabajo en las organizaciones proletarias, convirtiendo a los hombres en agentes activos en la cuestión de genero y dejando de lado la especialización única de las mujeres en el tema, dándonos así la capacidad real de participar en los demás quehaceres de la revolución socialista.

Pero para poder trabajar y luchar por ello, nos toca subrayar la necesidad de articulación de las luchas proletarias, ya que será la única manera de superar la opresión de género en todos los ámbitos. Lo único que garantizará el mantenimiento del límite que ponemos cada vez que damos un paso adelante en la relación de fuerzas con la burguesía es la organización que tengamos detrás. Por ello, ante los cambios en la cultura, ideología y leyes (porque el dinero ya lo tienen) que la clase media propone para garantizar sus intereses, las mujeres proletarias debemos tener claro que lo primordial para garantizar nuestros intereses es la transformación de las condiciones materiales. Esto es, para las que no tenemos otro remedio que darle una salida colectiva a la impotencia que tenemos dentro, es necesario organizar al proletariado. Así, uniendo nuestras capacidades y potencialidad revolucionaria, día tras día, debemos crear la capacidad de vivir y sobrevivir sin la dependencia que tenemos hoy en día del capital. La construcción del Poder Proletario será en este sistema que nos oprime, el único camino que posibilitará llevar a cabo transformaciones jurídicas, ideológicas y culturales en favor de la mayoría que habita este mundo.

JTK!